La excepción que cambió la regla.

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Ey, Hola, ¿qué tal?

Aquí ya está todo preparado para tu llegada. Leire, te esperan rosas, bombones y muchos juguetes. Una habitación repleta de ropa acorde a tu pequeño tamaño. Tu mirada está cargada de felicidad y tu risa es un aliento de esperanza.

A los tres años, papá te regalará una muñeca para jugar y mamá un balón de futbol, dice que quiere que tengas las mismas oportunidades que tu hermano.

A los seis, correrás por todo el patio en busca de tus amigos y amigas del colegio, algunos de ellos serán para toda la vida.

El amor llamará a tu puerta a los quince, dejando un corazón roto y con sabor amargo a los dieciséis.

La rebeldía se clavará en tu mirada a los diecisiete, según cuentan son cosas de la edad, pero, aun así todavía y sin embargo la llevarás el resto de los días.

La mayoría de edad llegará con miles de decisiones como la de estudiar derecho, o quizá medicina, quien sabe si periodismo. Nunca lo tendrás lo suficientemente claro. Tranquila, podrás cambiar de tren las veces que quieras, y quien dice tren dice vida.

Los diecinueve llegarán cargados de fiestas y viajes. ¡Muchos viajes!

Pero a los veinte ya te habrás devorado la mitad de libros de la biblioteca municipal haciendo habitación propia las palabras de Simone.

A los cincuenta, tus hijos se habrán graduado.

A los setenta y tres recordarás todo con una sonrisa, porque la vida no es otra cosa que la canción que cantas sin saberte la letra. Y tú gritarás bien alto aunque no sepas ni el ritmo.

Pero Leire, esto es una llamada de auxilio en mitad del desierto para advertirte que el futuro corre rápidamente. Ayer escribía una carta al verano y hoy  me encuentro echando de menos la magia del Sol en los cafés de los lunes por la mañana.

El tiempo avanza al paso de los descubrimientos. Los científicos han inventado miles de vacunas, son capaces de crear comida genéticamente y el espacio es cada vez menos desconocido. Aun así la gente morirá de hambre y las guerras seguirán estando en la portada de los periódicos que ya nadie lee. Porque ya a nadie importa.

El ser humano es un terrible, y a la vez, maravilloso animal. Las dos caras de una misma moneda. Capaz de destruir más de lo que crea. Matando a aquello que nos da vida. Convirtiendo el azul cielo del mar, en negro combustible; los bosques en estepa y el dulce sabor de las gotas en lluvia ácida.

Esculpiendo un David, mientras con la otra mano dibuja a Goliat.

Aun así todavía y sin embargo, habrá quienes luchen para cambiarlo, gritando al ritmo de Mayo del 68 que otro mundo es posible.

Quizá las hojas secas de este otoño, traigan la paz que nos falta, yo tengo la esperanza de que la primavera la olvidara en algún cajón, mientras hacía cosquillas al invierno.

Leire, lo que no sabes es que todo esto, lo que te he descrito, es una mera ilusión. No hay bombones ni flores que estén esperando tu llegada, ni podrás jugar con tu balón. Ni peinar a tu muñeca. No sabrás apenas leer, no te dejarán seguir cantando a la vida, aunque ganas no te falten. Y no lo harás porque no te llamarás Leire sino Fagira y nacerás en Nigeria.  Lo único que conocerás es que los ríos de MARTE están secos pero menos olvidados que los de África.

Seas quien seas, y de donde seas, nacerás en un mundo en el que cada vez hay menos humanidad. Atrévete a ser la excepción que cambie la regla.

Mi madre grita a los cuatro vientos que soy “periodista”.
Mis profesores aseguran que me falta el TFG. Todavía no lo tengo muy claro pero, mientras me iba de fiesta con Capote, Meneses me gritaba “el periodismo está en la calle”. Así fue y, así nunca nos lo contaron.

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