Terminé bachillerato con una extraña sensación que me recorría todo el cuerpo; la duda. Llevaba una vida creyendo que cuando terminase el instituto podría independizarme o viajar sola por todo el mundo pero, esto no fue así, llegaron los dieciocho y todavía no era “mayor”. O, por lo menos, no sabía qué quería hacer con mi vida ni si quiera sabía quién era. Recuerdo hacer una lista con todas aquellas carreras que me gustaban, sinceramente, porque la sociedad me había inculcado que yendo a la universidad tendría un futuro mejor. Mejor futuro hasta que el grado que precedía la lista era filosofía fue ahí cuando el mundo se me cayó encima. “¿Filosofía? ¿Qué es eso? ¿Te quieres morir de hambre? Si no sirve para nada.”  Me comentaban familiares y profesores.

Mientras intentaba lidiar con el caos que estaba desembocando mi decisión, llegó a mis manos un libro; “1984”. Las páginas avanzaban tan rápido como los días y los días fluían tanto como las ideas que iban surgiendo en mi cabeza. Terminé el libro, lo dejé junto a la mesilla y me quedé mirando al techo pensando en lo pequeños que éramos en relación al universo. Al día siguiente tenía que rellenar ese folio en blanco que marcaría mi futuro. Y, quizá, fuese Orwell o mis ganas de cambiar el mundo a través de la escritura lo que me llevó a elegir “periodismo.”

Encontré en el periodismo una estrecha unión entre la filosofía y la gente de a pie que me apasionó desde el primer minuto.

Ahora, ya voy a tercero de carrera y mis compañeros no entienden el entusiasmo que tengo por ir a clase. “Estamos estudiando cosas que no nos sirven y encima se hunde la cafetería.” Me alegaba algún que otro amigo. Cierto es que la estructura de las asignaturas no es la mejor y que las infraestructuras de la Complutense no son innovadoras. Mucha gente se ha ido quedando por el camino, las expectativas no se asemejan a la realidad. La facultad de Ciencias de la Información no es ni por asomo la universidad que sale en las películas que Hollywood emite. A pesar de todo ello no hay nada mejor que estudiar algo que nos apasiona, ya sea en Oxford, Harvard o la Complutense.

Todavía no sé quién soy, aunque estoy en ello, y mi futuro sigue igual de dubitativo que hace tres años pero a un curso de acabar el grado, estoy convencida de que tomé la mejor decisión. Estoy tan segura porque sigo siendo capaz de levantarme todos los días a las seis y media de la mañana con ganas de ir a la universidad.

He aprendido mucho de muy buenos docentes, de los libros, de los seminarios, de la cafetería y, aun así, sé que me llevo algo mucho mejor que conocimiento: amigos.

“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida.” Confucio.

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