Las palabras que no se lleva el viento, terminan por cambiar el mundo

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Después de todo (y, después de tanto): papeles perdidos, declaraciones “indeclaradas” y promesas rotas.

Pactos sin firma y firmas llenas de pactos. Después de políticos sin política y democracia sin justicia. Tras la eterna “no dimisión”. Detrás de los “no presentado”que pasan a ser un “siete” y son directamente (y curiosamente) proporcionales a  los profesores que dejan la docencia para dedicarse a la administración pública. Humanos inhumanos y máquinas con corazón.

Un mundo patas arriba.

Después de tanto, después de todos y todo, se encuentra una mínima fe en el periodismo (y, en la humanidad). Periódicos capaces de poner en entredicho todo  el sistema. De esos que tanto nos habían hablado en la Universidad.

Y, al final, tenían razón, las palabras que no se las lleva el viento, terminan por cambiar el mundo. 

 

Mi madre grita a los cuatro vientos que soy “periodista”.
Mis profesores aseguran que me falta el TFG. Todavía no lo tengo muy claro pero, mientras me iba de fiesta con Capote, Meneses me gritaba “el periodismo está en la calle”. Así fue y, así nunca nos lo contaron.

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