Es jueves, los museos ya han cerrado y desde hace dos días no necesito mapa para perderme por las calles de Atenas (en realidad, nunca lo he necesitado).

No he entrado en el Ágora griego y es frustrante. Pero, a la vez, satisfactorio, siempre hay que dejar algo pendiente que te haga volver. Puede ser un parque, un museo o una caña con un desconocido. Un motivo. No más. Últimamente escribo con bolígrafo y he olvidado el lápiz en casa. Caminando encuentro un graffiti. Sí, de esos que algunos parafernánilicos (y odiosos) críticos no consideran arte. Creyéndose con el poder de juzgarlo. Debajo de aquella obra se lee «todo el mundo necesita ser libre». Entonces, me he parado y he repetido a mi prima el discurso que tengo perfectamente ensayado. Lo he recitado delante de un público, lo he gritado por internet y lo he susurrado a los más cercanos (nunca han terminando de creerme del todo).

Y, de repente, en mitad del parafraseo alguien, convencido, me asegura «si tuvieses novio, no viajarías sola» como si «amor» y «atar» fuesen de la mano. Como si no estuviésemos completos (ni libres). Como si fuésemos naranjas incompletas que no pueden separarse nunca más.


Hace 4 años hacía las maletas de un fin de semana con la cantidad de ropa para vestir a tres equipos de fútbol. Hoy hago mochilas que llegan a rozar el límite en Ryanair. Mañana tal vez, solo necesite una muda y un cuaderno.

Entonces, caí en la cuenta, que la libertad se mide en el tamaño de la maleta.

Mi madre grita a los cuatro vientos que soy “periodista”.
Mis profesores aseguran que me falta el TFG. Todavía no lo tengo muy claro pero, mientras me iba de fiesta con Capote, Meneses me gritaba “el periodismo está en la calle”. Así fue y, así nunca nos lo contaron.

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