Había estado 40 minutos tomando algo en una terraza, volvía a casa después de un día de rebajas y el frío se había apoderado de mi. Las escaleras del metro seguían aguadas, demasiado pisadas. El asa de las bolsas me empezaba a hacer mecha en las manos heladas. Justo a la salida del metro, el móvil marcaba -4 grados, mientras Jacinto y Martín se abrigaban con sus sacos. Me acerqué con tono preocupado por el temporal, “estamos muy abrigados, no pasaremos frío”, afirmaba Jacinto con tono seguro. Su perro dormía al lado, parecía estar tranquilo. Les acerqué café y algo de comida, el frío se soportaría mejor. Entablé conversación con ellos. “Es necesario contar vuestra historia. Os tienen que ayudar”, les dije. 

“Estamos muy abrigados, no pasaremos frío”

“Muchas gracias, pero a los que vienen aquí como tú les reto siempre a algo: si quieres saber de verdad qué es esto pasa la noche aquí”, aseguraban, “nunca nadie lo ha hecho”.  Justo en ese momento, Günter Wallraff, el periodismo y la realidad me han golpeado la cara. “Nosotros necesitamos una ayuda real y al sistema no le interesa ni visibilizarnos ni ayudarnos. Los medios de comunicación y la política van de la mano”, explicaba uno de ellos riéndose con tono irónico “a mí las únicas que me ha ayudado son las personas individuales y son muchas”. Martín llevaba seis años en la calle era mecánico y había trabajado en un almacén. Antes de la pandemia le había ofrecido trabajo de un portero de discoteca, “pero con el confinamiento tuve que volver a la calle”, afirmaba. 

Mientras Jacinto no contaba mucho de su vida, “he sido un golfo y he acabado aquí, tengo una hija y es un poco más mayor que tú, ojalá algún día pueda presentarme”, asentía, “la calle es una verdadera selva; cuando era joven tenía muchas aspiraciones tantas como tú”-añadía- “también soñaba con cambiar el mundo”. “Te recomiendo un libro sobre los animales de Pablo Herreros. Tiene una metáfora, hay un tipo de insectos que cuando llueve necesitan cooperar. Si no cooperan todos, mueren todos. Por eso se ayudan todos. En nuestro sistema es necesario que mueran unos para que vivan muy bien otros”, argumentaba mientras se tapaba con el gorro los ojos. “Pero que sepas, que de lo único que me arrepiento es de no haber podido disfrutar de la nieve”, finalizaba.

La calle estaba vacía y un “buenas noches, cuídate” resonó en la calle. Miles de personas en Madrid van a pasar la noche en la calle. Nunca sabremos cuantas.

Yo acabo mi crónica con una manta y una infusión. Con calefacción y mis bolsas de rebajas tiradas en el suelo. Con mi ordenador y creyendo que una crónica cambiará algo. Escribo con lágrimas, desde la rabia, el dolor y la frustración. Escribo desde la necesidad de visibilizar algo injusto y algo de todos. Escribo porque no sé qué hacer cuando no puedo hacer más. Escribo para no olvidarlo. Escribo y eso no cambiará absolutamente nada: Mañana ellos volverán a dormir en la calle. 

Kapuscinski, vete a la mierda: los cínicos somos el oficio

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