Cuarto de carrera de periodismo y, todavía se me atravesaban las letras. A apenas a unos días de graduarme no sabía muy bien qué estaba haciendo allí, pero sí de qué manera: mal y tarde.  

Como aquel trabajo que dejé para última hora porque me enredé a ver vídeos de poesía. Como el día que fui a la biblioteca a por un libro de “Teoría de la información” que nunca leí porque descubrí a Foucault.  O, la mañana que llegué tarde a clase porque una señora mayor, jubilada y con ganas de hablar me paró en el autobús y me explicó su indignación sobre la política actual.

“Voy a tener el título de periodista y todavía no sé qué hago aquí” me repetía continuadamente.

Sí, me había enterado que el emisor busca un receptor para emitir el mensaje, todo a través de un canal, con un código. También,  conocía la teoría de la noticia en forma piramidal. Y me aburría, al igual, que escribir un ensayo sobre la bibliografía de Galeano, Márquez o Fallaci.  “¡Para eso está Wikipedia!”

Y, así fue como quise escribir una reflexión coherente, llena de argumentos y conexiones.

El típico ensayo ejemplar, con planteamiento, nudo y desenlace. Lleno de metáforas y, alguna que otra, alegoría. Miles de detalles. De ejemplos. Con una bibliografía que nada tuviese que envidiar a Crítica de la razón pura. El mismísimo Kant se hubiese arrodillado ante ella.

Pero, pasó el tiempo (y, pasé yo.) Y, viajé, y reí, y abracé, y leí, y me bebí la vida (y lo que no es la vida.)

Dejé, como siempre el trabajo para última hora.

Y, así fue como un embrión de periodista convirtió un ensayo constructivo, en uno destructivo.

Curiosa y maldita paradoja.

Yo disfruté de la magia de la literatura, aunque nunca supe expresarlo.

Kant lo despreció. Nietzsche cayó a mis pies. Y, mientras me iba de fiesta con Capote, Meneses me gritaba “el periodismo está en la calle.” Y, así fue. Y, así, nunca nos lo contaron.

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